La primera sesión de psicoterapia es un reto tanto para la persona que inicia su proceso terapéutico, como para el propio terapeuta. Existen expectativas y esperanzas volcadas en este primer encuentro, en ocasiones, sentido como la última esperanza para lo que ocurre.
Muchas veces hay nervios, temblores de voz, de la cara, e incluso del cuerpo. Cuesta encontrar la postura en la que sentirse cómodo para contar a un desconocido la intimidad, el dolor y el sufrimiento.
El cuidado y respeto con el que tratar este primer encuentro son esenciales. Sostener la dificultad de expresar lo que le ocurre a las personas, sus experiencias vividas, así como los sentimientos que afloran, como la vergüenza, el miedo, la impotencia o la desesperación, es una tarea ardua y que requiere de gran sensibilidad y auto-apoyo por parte del terapeuta.
Otro aspecto importante, son las expectativas. Es necesario que terapeuta y paciente las ajusten y encuentren un punto en el que ambos se sientan cómodos para trabajar juntos. Sin duda, las personas acuden a psicoterapia porque quieren y necesitan cambiar algo que ocurre en sus vidas o en si mismos. No obstante, en muchas ocasiones se cree que acudiendo a terapia las dificultades se resolveran de manera casi inmediata. Y la realidad es que cambiar es un proceso, no necesariamente muy largo, pero en el que la paciencia y la confianza en los pasos que se van dando se convierten en algo fundamental.
El vínculo terapéutico se inicia en esta primera sesión, en la que ambos, terapeuta y paciente, se ponen cara, voz, cuerpo, sensaciones y sentimientos que afloran estando juntos. Este vínculo que se desarrolla con las sesiones, es sin duda la clave de la terapia. Encontrar una persona con la que poder ser uno mismo, con la que poder ser lo que somos, se convierte pronto en un alivio y en un descanso, desde donde se pueden hacer cambios.
La primera sesión de terapia, se convierte por tanto, en un “encuentro vital” para lo que viene después.