Acudir a un psicólogo o a un especialista de la psicoterapia se convierte en un reconocimiento de nuestras propias limitaciones. Cuando sentimos que necesitamos cambiar algo de nuestras vidas, de nosotros mismos, y que no podemos hacerlo solos, nos encontramos directamente con la necesidad de ayuda y por lo tanto con la necesidad de un otro que pueda apoyarnos y acompañarnos en el cambio que necesitamos.

Descubrirnos impotentes ante nuestro propio sufrimiento resulta una experiencia con ciertas dosis de desesperanza y soledad. No obstante, encontrar a alguien que nos acoja con cuidado, respeto e incluso con admiración por la valentía que acudir a psicoterapia requiere, resulta del todo necesario y sin lugar a dudas una condición indiscutible para que el proceso terapéutico pueda avanzar.

El momento adecuado para acudir a una terapia psicológica viene marcado por este reconocimiento personal de las propias limitaciones y necesidades. En muchos momentos nuestro entorno, las personas que están a nuestro alrededor, ven con más claridad que nosotros mismos, la necesidad que tenemos de ayuda profesional, pero nosotros no la vemos. El contacto con la propia necesidad es un requisito fundamental para llevar algo con lo que trabajar a terapia. Sin embargo, la necesidad propia no es siempre lo que se lleva a las personas a terapia, sino la necesidad de nuestros seres queridos de que estemos bien. Es trabajo, por tanto del terapeuta, encontrar con la persona que acude a psicoterapia una necesidad personal por la que compartir el tiempo y el trabajo juntos.

La terapia psicológica se convierte por tanto en un espacio en el que compartir mis limitaciones y mis necesidades, y por supuesto, mis sentimientos ante éstas. Y por lo tanto, un espacio en el que el cambio viene dado primero, por experimentar lo que soy.